Daphnia 39: ¿Qué modelo energético queremos?

¿Qué modelo energético queremos?

¿Qué modelo energético queremos?.

Necesitamos un nuevo modelo energético. (Juan Jesús Bermúdez. CCOO Canarias)Estamos viviendo el fin de un modelo energético. El cambio climático, el agotamiento de las fuentes tradicionales –petróleo, gas- con el consiguiente aumento en el precio de los recursos y la excesiva dependencia del exterior son algunas de las causas que propician un cambio de modelo. Analizamos las distintas alternativas. Se ha acabado la era del gas y del petróleo barato. Los indicios se multiplican y los políticos y dirigentes empresariales comienzan a hablar abiertamente de la quiebra de un recurso que ha permitido el desarrollo de las sociedades “modernas”, tal y como las conocemos hoy. El incremento de los precios de los carburantes en los próximos años tendrá como consecuencia una evidente crisis financiera y económica.

En unos años comenzará el declive conjunto de la producción del petróleo y del gas. Algunos hablan del presente decenio 2001-2010, y otros, los llamados “optimistas”, entre los que se encuentra la multinacional BP, amplían esa franja al 2020. Cada año se podrá extraer un volumen inferior de estos combustibles para su consumo, en orden al 3%, en un escenario “idílico” de curva descendente de producción sin conflictos geopolíticos por la escasez de los recursos, que pueden hacer empeorar este escenario (léase conflicto con Irán, ahora nueva “cuna del terrorismo internacional” según Donald Rumsfeld, o en otros enclaves con yacimientos importantes). La tendencia histórica de descubrimientos de nuevos yacimientos (que decrece de forma evidente desde los años 80), y la práctica y profusa exploración de todo el planeta en busca de hidrocarburos, con resultados decrecientes, son hechos con consecuencias de gran calado para el conjunto de nuestra sociedad, entre ellas, la progresiva y constante subida de los precios de la energía.

La práctica totalidad de las actividades económicas y sectores de empleo se han desarrollado hasta ahora en un entorno de recursos energéticos abundantes y baratos. El desarrollo del turismo, intensivo en consumo energético, o la creciente movilidad a través del sector del transporte, en todos sus modos, son auténticos ejes de muchas actividades económicas. La práctica totalidad de los grandes procesos industriales y agroindustriales son intensivos en consumo de hidrocarburos.

El incremento de los precios de los carburantes en los próximos años, fruto de este escenario de crisis energética, tendrá como consecuencia (de no actuar con la suficiente anticipación) una evidente crisis financiera y económica, al tiempo que de empleo y social. Tal es nuestro grado de dependencia de la abundancia de combustibles fósiles para el funcionamiento del conjunto de la economía.

Alternativas

Hoy por hoy no podemos hablar de que exista un sustituto para atender la intensidad y los requerimientos energéticospara la totalidad de los procesos, productos y actividades que dependen del petróleo y el gas. El conjunto de las “energías alternativas”, especialmente las renovables, pero también la nuclear, tienen usos muy restringidos, que afectan al sistema eléctrico, y no al uso para el transporte y la maquinaria industrial móvil. Por otro lado, el conjunto de esos procesos industriales de energías “alternativas” dependen altamente de la salud financiera de una economía sustentada en los hidrocarburos, y tienen limitaciones tecnológicas, algunas de ellas de difícil resolución (intensidad de penetración en la red, acumulación, etc). Al margen de que el desarrollo de las renovables sea una prioridad en estos momentos –teniendo en cuenta la grave irresponsabilidad que supone el desarrollo de la energía nuclear–, es preciso tomar conciencia de que el conjunto de las sociedades occidentales tienen que emprender procesos de sustitución hacia una menor intensidad energética. No existen “soluciones mágicas” sustitutivas para la extraordinaria abundancia energética que este periodo histórico nos ha brindado a través de la explotación de los combustibles fósiles, recursos finitos que el planeta creó hace decenas de millones de años y que estamos liquidando en décadas de civilización contemporánea.

Las recientes décadas de nuestro desarrollo económico, claramente injusto en el reparto del consumo de combustibles, han estado basadas en la abundancia y crecimiento en la oferta del petróleo y el gas. Lamentablemente, hasta ahora la “cuestión energética” era abordada como un asunto más de la agenda sociopolítica, cuando tiene un carácter esencial, previo y básico. Nuestra sociedad e incluso nuestros esquemas mentales se han forjado sobre la supuesta abundancia energética, pese a que miles de millones de personas en el planeta tienen restringido el acceso a la energía para cubrir sus necesidades básicas. Esa era de la abundancia ha terminado.

Como dijo en su momento Dominique de Villepin, primer ministro de Francia, “es necesario sacar todas las consecuencias”. Y es una responsabilidad nuestra actuar en ese sentido.

Existen dos alternativas ante este escenario. Bien participar, por activa o por pasiva, en la rapiña de los recursos energéticos fósiles de otros países, bajo el eufemismo del combate del “terrorismo internacional”, que parece el guión que está siguiendo fielmente la administración estadounidense y algunas europeas. O concitar, con la urgencia de los momentos clave, un revulsivo del conjunto de la sociedad para programar programas de transición consensuados, basados en el reconocimiento del cambio de paradigma energético –y, por lo tanto, económico y social– y en la movilización colectiva para gestionar la transición energética hacia sociedades de baja entropía.

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