Daphnia 52: Química verde y sostenible

Química verde y sostenible

Paco Blanco Secretario de Medio Ambiente de Fiteqa-CCOO

La escasez de materias primas, el despilfarro consumista, el daño medioambiental y la hambruna en extensas zonas del planeta son distintas caras de un mismo conflicto. La pugna entre el modelo neoconservador norteamericano y el modelo social europeo se ha extendido al ámbito medioambiental como una expresión más de la batalla por la competitividad mundial.

“Se trata de ganar la batalla del desarrollo sostenible en el marco de una competitividad cooperativa y de un modelo social de rostro humano, donde el hombre deje de ver al hombre como un lobo, un consumidor o un esclavo. Y hoy, más que nunca, la química verde lo hace posible, existen condiciones para ello. No es una utopía, pero, si lo fuera, querer alcanzarla nos aproximará más a ella”

En el corazón de esa pugna a nivel internacional se encuentra la química, el tercer sector industrial más importante del mundo (28% de la producción total), dependiente de materias primas básicas y con una relación de privilegiada influencia hacia otros sectores (automoción, electrónica, construcción, textil, etc.)

La química europea da empleo a más de tres millones de trabajadores entre directos e indirectos, 500.000 de ellos en España. A ello hay que añadir que la UE cuenta con una posición de liderazgo internacional, ya que factura el 35% del volumen global de ventas, frente al 30% de EEUU. Lo ajustado de la diferencia indica la dureza de la competencia.

La magnitud de la batalla por los mercados entre las dos principales regiones del mundo en cuanto a producción química la da la estimación de que se prevé que el volumen mundial de ventas se triplicará entre 2002 y 2020 y pasará de 1481 billones de euros a 4500 billones, gracias al creciente consumo de productos químicos de los países en vías de desarrollo.

En esa pugna es muy importante la posición de la opinión pública, con quien la química ha tenido en ocasiones una relación poco amable. Más aún si en el subconsciente colectivo están registradas imágenes y cifras de graves accidentes industriales como Seveso, Bhopal, Toulouse, etc. Todo ello explicaría el lamento con el que Juan José Nava, vicepresidente de Feique (patronal de la química española), expresaba esta situación en la presentación de la Plataforma Química de Desarrollo Sostenible: "Hoy los mayores límites al futuro de esta ciencia no se encuentran en su capacidad técnica o científica para avanzar sino en su aceptación social. Resulta ciertamente desolador saber que hoy, casi la mitad de los ciudadanos europeos consideran que el progreso científico y tecnológico genera tantos prejuicios como beneficios."

Pese a diagnóstico tan certero de las relaciones entre sociedad e industria química resulta evidente que el ciclo de ésta -iniciado a principios de siglo XIX- está aún muy lejos de cerrarse. Lo que sí parece obvio es que debe reformularse, por exigencias de la propia insostenibilidad del modelo de desarrollo en el que la industria química cimenta su actividad y por una percepción social mayoritariamente hostil a la misma en los países desarrollados. También porque existen condiciones para que la química desarrolle un impulso de adaptación al siglo XXI, como en los últimos veinte años lo han realizado la medicina, la biología, las ciencias de la información y el conjunto de las denominadas tecnociencias.

La química verde está dando sus primeros pasos y lo bueno que tiene a su favor es que nadie formula un cuestionamiento de fondo. A ello ayuda el hecho de que sus impulsores, como es el caso de Ken Geiser, la formulan con una definición incontestable: "La química verde trata de química; química en el nivel molecular. Trata del desarrollo de materiales y procesos respetuosos con el medio ambiente y de la manipulación de propiedades físicas y químicas de las sustancias, con el fin de reducir o eliminar sus características peligrosas".

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Ni los industrialistas más insensibles pueden oponerse a una química así definida. Las dudas que se formulan desde esos sectores son de otra índole: viabilidad industrial, capacidad técnica y competitividad económica.

Si, como dice Jorge Riechmann -profesor de filosofía y colaborador del Instituto de Salud, Trabajo y Ambiente de CCOO- el principio de eco-eficiencia encaja de forma más o menos "natural" en la lógica del capitalismo, a las empresas más dinámicas no les resultará especialmente difícil ver en la química verde una ventaja competitiva, puesto que, además de ser sostenible medioambientalmente, resultará beneficiosa para sus balances, toda vez que una parte significativa de sus principios rezuma eco-eficiencia y por lo tanto ahorro. Evitar residuos, maximizar la incorporación de todos los materiales del proceso en el producto acabado, minimizar las sustancias auxiliares, o los insumos de energía, etc., es más barato que lo contrario.

De hecho, cada vez son más las empresas que integran en sus estrategias la variable medioambiental, y no sólo como una cuestión de cumplimiento legal o de impulso de innovación, sino también como una ventaja competitiva frente a sus más directos rivales.

No hace mucho, los medios infor mativos se hacían eco de una noticia según la cual General Electric, empresa emblemática del capitalismo americano, anunciaba a bombo y platillo una reorientación en su estrategia empresarial que pretende duplicar su presupuesto de investigación en tecnologías limpias, reducir sus emisiones de gases y mejorar su eficiencia energética en un 30% en los próximos seis años. Iguales estrategias han adoptado empresas tan significativas como DuPont y British Petroleum (hoy en el punto de mira por la catástrofe del golfo de México). Se trate de simple marketing o no, lo cierto es que estos movimientos ilustran que el medio ambiente y la salud se están convirtiendo en uno de los escenarios donde, cada vez más, van a dirimirse las batallas por la competitividad empresarial.

De la adaptación de la industria española a las políticas ambientales comunitarias dependerá la competitividad, el empleo y la integración en el proceso de innovación y renovación del tejido empresarial europeo.

Dado que este proceso no está exento de riesgos para el empleo, ello refuerza nuestra convicción de que los sindicatos debemos integrar el factor ambiental en nuestra estrategia de acción sindical y negociación colectiva, para hacer seguimiento de las políticas que se establezcan y demandar, en su caso, medidas de acompañamiento, si se precisasen.

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Nuestro interés en la química verde es tanto como supone el hecho de que los trabajadores vivimos en primera línea la relación con la química. Para bien y para mal.

Para bien, porque como el resto de la humanidad, somos deudores de los enormes beneficios que la química ha aportado al actual modelo de desarrollo económico y social y a las mejoras de vida y salud. Para mal, porque los trabajadores -y de forma especifica los de la industria química- nos encontramos en primera línea de exposición a los peligros y riesgos de la química. No sólo por las grandes tragedias, que también (Seveso, Bhopal, Toulouse, etc.), sino sobre todo por la relación cotidiana, a pie de reactor, mezclador o tanque de almacenaje en los centros de trabajo. Los sindicatos vemos, por tanto, con el mayor interés el nacimiento de una química que desde los primeros pasos del diseño de nuevas moléculas asume el compromiso de usar y generar sustancias que posean poca o ninguna toxicidad, diseñar los productos para su descomposición natural tras su uso, evitar la formación de sustancias peligrosas, minimizar el potencial de siniestralidad, etc. Detrás de cada uno de esos parámetros hay numerosas operaciones de trabajo de las que se pueden beneficiar millones de trabajadores cada día en todo el mundo.

La batalla por la hegemonía mundial en el ámbito de la química no ha hecho nada más que empezar y la dureza de la misma obedece, como ya se ha dicho, a lo igualadas que están las fuerzas entre las dos principales regiones del mundo (Europa y EE.UU.) y al enorme potencial de crecimiento que se atisba en los países en desarrollo. En esa pugna la química verde adquiere relevancia estratégica. No se trata sólo de reconciliar a la opinión pública occidental con la química. Se trata de ganar la batalla del desarrollo sostenible en el marco de una competitividad cooperativa y de un modelo social de rostro humano, donde el hombre deje de ver al hombre como un lobo, un consumidor o un esclavo. Y hoy, más que nunca, la química verde lo hace posible, existen condiciones para ello. No es una utopía, pero, si lo fuera, querer alcanzarla nos aproximará más a ella.

Algunos datos

  • La industria química es el tercer sector industrial más importante del mundo (28% de la producción total)
  • Emplea en Europa a más de tres millones de trabajadores entre directos e indirectos, 500.000 de ellos en España.
  • UE factura el 35% del volumen global de ventas, frente al 30% de EEUU.

Propuestas para una química verde

  • Dinamizar el debate promoviendo foros y plataformas que trasladen al conjunto de la sociedad la idea de que otra química es posible.
  • Promover iniciativas de apoyo y compromiso en el ámbito institucional reclamando programas nacionales y europeos de química verde.
  • Demandar cambios legislativos que acompasen los avances científicos con una mayor y más eficaz protección de la salud y el medio ambiente.
  • Impulsar iniciativas voluntarias en la industria, vinculadas a los principios de la química verde.
  • Incorporar al debate la variable económica y social de carácter macro (no sólo en términos de costes y rentabilidad empresarial) para prever los cambios anticipadamente.
  • Apoyar fórmulas de cooperación investigadora entre instituciones académicas, empresas privadas (incluidas las pymes) e inversores financieros.
  • Incluir en la acción sindical la variable medioambiental, con toda la multiplicidad de objetivos y herramientas de transformación a nuestro alcance.

 

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