Daphnia 52: “Deberíamos estar enfadados con la industria y con la Administración”

“Deberíamos estar enfadados con la industria y con la Administración”

Entrevista a Joel Tickner.

Investigador del Lowell Institute de la Universidad de Massachusetts, un centro pionero en los avances hacia la producción limpia, Joel Tickner (Chicago, 1996) estuvo en Sevilla para participar en el VI Foro ISTAS de Riesgo Químico. El país no le es ajeno ya que pasó en su juventud largas temporadas en España, lo que se nota en su perfecto castellano.

Joel Tickner forma parte de esa sociedad civil americana, contestataria y liberal, que aúna el activismo social con una extensa formación académica y que se enfrenta a los retos intelectuales desde una heterodoxia a la que no estamos tan acostumbrados en Europa.

¿Por qué es tan preocupante el riesgo químico?

De muchas sustancias no sabemos mucho, por no decir nada. Si las sustancias se están acumulando en nuestros hogares, en el cuerpo y en el medio ambiente, y si se las asocia a enfermedades como el cáncer, está claro que algo está fallando. Pero creo que se trata de un fallo del sistema, del diseño de producción y consumo con el que contamos. Por lo tanto, bastaría con cambiar el diseño para eliminar el problema.

¿Y qué papel juegan los trabajadores y los ciudadanos en este fallo?

Escaso. Como digo, el fallo es de todo el sistema de producción, no de una persona concreta o de un consumidor, ni siquiera de una empresa. Lo contrario implicaría olvidar el conjunto, el sistema global de producción y consumo. Si nos centramos sólo en la sustancia, estaremos transfiriendo el riesgo al consumidor. El riesgo químico hay que contemplarlo en su totalidad, no sólo en la sustancia final. La sustancia tiene una historia. Si sólo hablamos de la sustancia final, perdemos el proceso y los impactos que ha habido hasta conseguirla.

¿Cómo debería funcionar el sistema para que el riesgo tóxico fuese mínimo?

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Lo bueno sería tener principios de diseño. La visión más eficaz sería la que se basa en la trazabilidad. Cada producto lleva incorporada una identificación individual. Si conocemos la historia de su fabricación, las fases por las que ha pasado, podríamos corregir los errores. El Lowell Institute trabaja ahora con una de las empresas más verdes de Estados Unidos. Quieren saber de dónde procede cada una de las sustancias que integran sus productos finales, lo que implica un trabajo de meses. Las sustancias no son fáciles de crear. Por otro lado, debemos considerar que somos humanos y que nuestra actividad siempre va a tener un impacto. Lo que pretendemos es reducir al mínimo los impactos. Sólo en Europa se comercializan más de 100.000 sustancias de las que no conocemos los efectos. Deberíamos reducir las sustancias que utilizamos. Con 20.000 sería suficiente. La naturaleza trabaja con seis o siete elementos y funciona bien. Una química más sencilla, con menos elementos, nos vendría mejor.

Este procedimiento, que supone rastrear la historia de las sustancias que componen un producto, ¿no lo va a encarecer?

Sí, pero debemos tener en cuenta que ahora no contemplamos unos costes externos, que existen, y que no se imputan al producto final.

En nuestra vida cotidiana, ¿qué podemos hacer para reducir el riesgo químico?

Es un problema de producción, no del consumidor. La industria quiere culpabilizar a los consumidores, cuando son ellos los culpables. ¿Por qué una mujer debe preocuparse por la salud de sus hijos cuando va al supermercado? Los productos deben ser seguros. Podemos consumir productos ecológicos, presionar a los políticos para que el sistema cambie, pero la última palabra la tienen las industrias y los gobernantes.

Respecto a la carga corporal de sustancias químicas, no podemos hacer nada. Hemos realizado estudios en personas que son vegetarianas desde hace tiempo y siguen teniendo sustancias tóxicas en el cuerpo. Vivir con miedo no es manera de vivir. Deberíamos estar enfadados con la industria y con la Administración, que lo ha permitido, y debemos hacer algo para cambiar el sistema, consumir menos, comprar productos más ecológicos, pero eso no va a invertir la situación. No es un problema individual, es un problema global, y debemos hacer lo que esté a nuestro alcance, sin obsesionarnos: no utilizar plaguicidas en casa, comprar productos bio, que nuestros hijos lleven el cinturón de seguridad... Hay personas que están muy obsesionadas con la salud, con lo que compran, y estoy seguro de que el riesgo sólo se puede reducir en un pequeño porcentaje.

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¿Cuáles son las líneas de trabajo del Lowell Institute?

Dirijo una iniciativa que se llama política y ciencia de las sustancias químicas. El objetivo es conseguir la transformación de la química convencional en una química verde. Tenemos dos objetivos: investigación en la obtención de sustancias más verdes y enganchar a los actores sociales en este proceso. Además de otros proyectos sobre producción limpia, hemos creado una red de química verde, con más de ochenta empresas dedicadas a eliminar las barreras, convencidas del cambio, incluido el de normativa. Y, sobre todo, hemos conseguido que se empiece a hablar de evaluación de alternativas en lugar de evaluación de riesgos.

¿Qué va a suceder con la industria química cuando se acabe el petróleo?

Será un problema. Aún no tenemos suficiente materia prima alternativa para producir lo mismo que se produce ahora. Si cultiváramos toda la superficie de Brasil con remolacha sólo nos serviría para cubrir el 1% de nuestras necesidades. Una de las soluciones, claro, es consumir menos, reducir el consumo de materiales y producir de otra forma. Por ejemplo, el bisfenol A. Se ha demostrado su toxicidad y lo encontramos en todas partes (en los papeles de las cajas de registro, en nuestros cuerpos. Pero el policarbonato (bisfenol A) es un producto muy interesante para la seguridad. El problema no es el policarbonato en sí, sino la forma de conseguirlo, podría obtenerse a base de plantas, por ejemplo n

¿Crees que la norma europea REACH ha sido positiva?

Sin duda. Ha sido un gran paso adelante y ha supuesto un cambio cultural dentro de las empresas. Si el cambio cultural fuera lo único que se consiguiera, aún así habría merecido la pena.

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