Daphnia 56: Las malas cuentas de la energía

Las malas cuentas de la energía

Manuel Garí. Director de Medio Ambiente de ISTAS.

Nuestro país tiene un primer grave problema energético: su nivel de dependencia de las importaciones exteriores es del 88%. Por encima del 50% de la UE o del 25% de EEUU. Sólo el 2% del crudo consumido es extraído en territorio español. El saldo comercial energético en 2010 (exportaciones menos importaciones) es aterrador.

Hay costes que no se estiman. Nadie calcula los costes colectivos legados a futuro en forma de “eternos” residuos peligrosísimos, lo que supone el paradigma de una socialización de las pérdidas tras una apropiación privada de las ganancias.

El modelo productivo mundial es energéticamente voraz y se mueve entre la peste de la energía nuclear -con su detritus radioactivo- y el cólera del crudo y demás combustibles basados en el carbono -con su lacra del calentamiento atmosférico-. Y para más inri, las reservas mundiales estimadas de petróleo se agotarán al ritmo actual de extracción en 40 años, las de gas en 63 y las de uranio en 80 años, según la Agencia Internacional de la Energía. Reservas que en el caso de la UE descienden respectivamente a 8, 12 y 5 años. En España ni se calcula el tiempo que resta hasta el agotamiento, pues los stocks naturales son insignificantes; de lo que es buena muestra el minúsculo peso económico de las actividades extractivas de petróleo, gas natural, uranio y torio en el conjunto del valor añadido de la energía, ya que en 2008 supuso el 0,60% del mismo. Teniendo en cuenta que el valor añadido de la energía fue el 2,66% del conjunto de la economía, dichas actividades extractivas son marginales para el PIB español.

Nuestro país tiene un primer grave problema energético: su nivel de dependencia de las importaciones exteriores es del 88%. Por encima del 50% de la UE o del 25% de EEUU. Sólo el 2% del crudo consumido es extraído en territorio español. El saldo comercial energético en 2010 (exportaciones menos importaciones) es aterrador. La antracita, la hulla y el lignito comerciados arrojaron números rojos de -1.033.881.000 euros. El gas natural le superó negativamente, alcanzando el importe de -7.665.482.000 euros. El crudo de petróleo ganó este hit parade del sin sentido con la cantidad de -22. 762.521 euros. Efectivamente, el rey de la demanda energética española es el crudo, su cuota es cercana al 50%, frente a la de la UE, que es de 38%. Las importaciones españolas de petróleo y derivados suponen, desde hace años, más de 40.000 millones de euros anuales, equivalentes al 20% del total de las importaciones/ año del Estado español.

La partida energética por sí sola supone la práctica totalidad de nuestro déficit comercial. Este es un segundo grave problema, pues no existen mecanismos (si no se cambia el modelo energético) capaces de controlarlo. Un aumento de diez dólares en el precio del barril brent implica un incremento de la factura a pagar de 5.000 millones de dólares. La inestabilidad política en los países productores de petróleo puede alterar negativamente hasta en un 1,6% el PIB español. Si no dependiéramos de las compras de materias primas energéticas, la balanza comercial española presentaría un aspecto más saneado.

Dos terceras partes de las importaciones de crudo se destinan a combustibles para el transporte motorizado en un país en el que el 95% de las mercancías se mueven por carretera y el vehículo privado acapara más del 80% de los desplazamientos de más de un kilómetro. Tenemos pues un tercer problema, no sólo generamos todavía electricidad con riesgos radioactivos y climáticos, sino que también nuestro modelo de movilidad es insostenible.

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Ante esta situación, el lobby nuclear y el PP siguen insistiendo en que la solución energética desde el punto de vista del coste asequible, la abundancia de la materia prima (¡sic!, no merece discusión), la seguridad del suministro, la seguridad de la tecnología y la limpieza ambiental está en el "renacimiento nuclear".

La seguridad de la tecnología, tras la tragedia de Fukushima -sin contar con actos de guerra o terrorismo-, es una creencia mítica sin fundamento. Por ello, las aseguradoras excluyen el riesgo nuclear de sus coberturas en las pólizas privadas. La limpieza ambiental nuclear desaparece a la vista de la larga vida de los residuos radioactivos. De que sea necesaria para asegurar el suministro da buena cuenta el escaso y decreciente peso que tiene dicha energía en la producción eléctrica mundial y española. El sistema eléctrico español ha funcionando perfectamente con la mitad de los reactores del país parados por causas técnicas.

Nos queda el asunto de los costes. Cabe preguntarse: si la energía nuclear es un negocio rentable con precios competitivos, ¿por qué no hay nuevos proyectos privados de construcción de centrales nucleares en España, si no hay impedimento legal alguno? La respuesta es unívoca: los costes de construcción son muy altos, el periodo de obra dilatado, la amortización y el retorno se demoran y los costes financieros se disparan.

Los costes no cesan de aumentar tras Fukushima, al tener que internalizar mayores gastos de seguridad: construcciones de protección, sistemas de seguridad duplicados, formación y supervisión de operarios y medidas frente a atentados. Y eso que hay costes que no se estiman. Nadie calcula los costes colectivos legados a futuro en forma de "eternos" residuos peligrosísimos, lo que supone el paradigma de una socialización de las pérdidas tras una apropiación privada de las ganancias.

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Una pequeña pero onerosa anécdota: diariamente nuestro país paga a la empresa francesa Andra la cantidad de 64.900 euros en concepto de depósito de residuos de alta radioactividad y de multa por no recogerlos en plazo. Esos residuos que nos cuestan 23 millones y medio de euros anuales suponen únicamente el 1% de las 6.000 toneladas de residuos radioactivos que ya hemos generado de las 13.000 que podrían generar como máximo en su periodo de vida estimado las centrales nucleares existentes en España. Un disparate.

En este contexto, los ideólogos neoliberales de FAES, enemigos acérrimos de las energías renovables y con paladines modelo "Gabriel Calzada" a la cabeza, afirman muy serios que el precio de la electricidad se encarecerá si no hay renacer nuclear y más aún si hay apagón. Con la ideología hemos topado, no con las cuentas.

Es una falacia afirmar, como se hace, sin tino, dato o argumento alguno, que la electricidad nuclear es más barata de producir que el resto y, por tanto, más económica para el consumidor final. El informe Lazard (documento de referencia para las grandes compañías de la energía) estimó, a partir de datos de la Comisión Europea y tras evaluar los costes comparables, que los costes de producción para la eólica y la biomasa están entre 5 y 9 céntimos de euros por kilovatio y hora, de 9 a 14 para la solar de concentración, de 7 a 10 para el gas, de 7 a 13 para el carbón y de 10 a 12 para la nuclear (¡pese a que la mayoría de las centrales están amortizadas!).

Acabar con la irresponsabilidad energética costará, pero es cuestión de supervivencia.

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