Daphnia 50: El cambio de modelo productivo es mucho más que un cambio sectorial de actividades

El cambio de modelo productivo es mucho más que un cambio sectorial de actividades

Un cambio en el modelo productivo no solo debe suponer una sustancial modificación de los productos y servicios que ofrecen las empresas, sino una forma diferente de producir, en términos de ahorro de materiales, de eficiencia energética, de organización del trabajo, y también en la propia relación de los trabajadores con la empresa en la planificación de la actividad productiva.

El objetivo final del cambio de modelo productivo debe ser lograr que el incremento del valor añadido de las empresas españolas se traduzca en un reparto más equitativo, entre beneficios y remuneración de asalariados, de la riqueza generada, para lo cual lograr una mayor estabilidad en el empleo es una condición necesaria. Este incremento del valor añadido debe hacerse, dentro de una visión a medio plazo, considerando que la sostenibilidad medioambiental es una ventaja competitiva.

El nuevo modelo productivo podría tomar la forma de un moderno molino de viento donde las tres aspas serían las tres vías de aumento del valor añadido empresarial: (a) la reducción de costes no laborales, principalmente a través del ahorro de materias primas y de la eficiencia energética; (b) el aumento de la escala de producción, lo que reduce los costes unitarios; y (c) el incremento de la productividad del capital, fundamentalmente a través de la innovación de procesos.

El motor que mueve estas tres aspas es la innovación, esencial para obtener resultados relevantes en el ahorro de materias primas y en la eficiencia energética, para que las inversiones en bienes de equipo incrementen sustancialmente la productividad del capital, y para aumentar la competitividad, a través de la innovación en el diseño, diferenciación de productos, mejora de la calidad, lo que permitirá ganar mercados exteriores. Pero este motor, al igual que los actuales molinos eólicos, debe estar anclado en la tierra. En una sociedad desarrollada que basa su competitividad en el conocimiento, los pilares son: la formación continua de los trabajadores, y la participación de estos en la empresa.

La participación de los trabajadores en la empresa no puede verse solo desde el prisma de reparto de la riqueza generada, ya que en sí mismo es un elemento determinante en la generación de riqueza, como reconocen los propios empresarios. En gran medida, las dificultades de innovación de las empresas tienen que ver fundamentalmente con estructuras organizativas rígidas, que se pueden sintetizar en el modelo de producción fordista: la producción en masa, la cadena de mando unidireccional, las tareas monótonas y repetitivas, la concepción del trabajador como herramienta. Mientras que el caldo de cultivo de la innovación esta sustentado en un modelo de organización empresarial que debe tener en cuenta prácticas como la polivalencia de tareas, la rotación de puestos, la comunicación horizontal, los grupos de mejora; lo que en realidad supone recuperar, gracias a la utilización de nuevas tecnologías, parte de la autonomía que tenía el trabajador en la producción artesanal, pero en organizaciones empresariales mucho más complejas y capaces de fabricar escalas de producción infinitamente mayores.

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Para ser los primeros en llegar a la meta es imprescindible tener claro cuál es el vector principal del cambio, sobre él que se van a sustentar las transformaciones del aparato productivo y del sistema de transporte en el siglo XXI, esto es, el pasar de una economía alta en carbono, una economía marrón, que utiliza los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) como fuente de energía, a otra nueva economía verde, baja en carbono, donde el peso relevante en la ge neración lo tendrán las fuentes de energía renovables y limpias, es decir que no emitan gases de efecto invernadero. Esta macrotendencia está derivada de los mecanismos de regulación adoptados a nivel internacional, el Protocolo de Kyoto.

En un análisis sectorial se pueden identificar cuatro grupos:

Sectores básicos. Son sectores imprescindibles para mantener el volumen de empleo en España, pero en la medida que han constituido la columna vertebral de la economía marrón, deberán afrontar importantes procesos de modernización que, en muchos casos, contarán con importante apoyo público para que se reduzcan al mínimo los posibles costes sociales transitorios. Si esta modernización sectorial se afronta con prontitud pueden salir fortalecidos, ya que desarrollarán nuevas tecnologías y productos capaces de ganar cuota de mercado en el ámbito internacional. En este grupo se incluyen los sectores de: construcción, automoción, turismo y química.

Sectores emergentes. Son sectores beneficiados por las macrotendencias de cambio y en los cuales España tiene ventajas comparativas claras. Estos sectores son los que más impulso público deben tener, ya que serán los que aportarán un mayor volumen de riqueza y empleo en las próximas décadas. Se incluyen dentro de este grupo las energías renovables; alimentos procesados, en mayor medida los relacionados con los productos de la agricultura ecológica; construcción y reparación naval; construcción de material ferroviario; servicios sanitarios; y servicios sociales.

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Sectores apuestas de futuro. Son sectores que se benefician de las tendencias de cambio, pero que están escasamente implantados en nuestro país. Se incluyen: mecatrónica, biotecnología médica (investigación en células-madre), aparatos médicos, biocombustibles que no entren en competencia con la producción de alimentos por el uso de la tierra y producción de servicios medioambientales.

Sectores transversales. Son los sectores cuyo desarrollo es imprescindible para la obtención de ventajas competitivas de los anteriores sectores, y que a su vez se verán beneficiados por su desarrollo. Comprenden: educación e I+D+i, servicios empresariales, transporte, tecnologías de la información y las comunicaciones, y el sector financiero.

Identificar el camino es condición necesaria para estar entre los países lideres de este siglo, aunque no suficiente, ya que hay que pasar de las ideas a los actos, de la visión a los propósitos. Aquellos países que lideren esta transformación energética, productiva y de transportes, indudablemente liderarán la actividad económica en los próximos lustros. Por ello, muchos gobiernos de los países de la OCDE han puesto en marcha ambiciosos planes de estímulo en los que las inversiones en infraestructuras y el I+D+i verde tienen un papel fundamental. En la actualidad nuestro país está a la cola de los principales países de la OCDE en el volumen de fondos aportados a estos planes, apenas un 0,13% del PIB, mientras que en Corea alcanza el 1,47% del PIB.

España, por primera vez en la historia reciente, no tiene una posición marginal en el sistema económico mundial, y, por tanto, puede ser capaz de aprovechar la enorme capacidad competitiva ya desarrollada en importantes sectores emergentes, para afrontar, desde posiciones de liderazgo, la tercera revolución industrial en la que está inmerso el planeta. Pero para ello hay que moverse ya.

Bruno Estrada
Director de Estudios de la Fundación 1º de Mayo

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